Cáceres Arcana

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En un mundo donde todo esta establecido, tu y los tuyos sois los insurrectos, aquellos que moldean el mundo a su voluntad con el don mas imponente de todos, la magia.

 

 

Extiendo mi mano alzada de nuevo hacia él. Apoyo mi mano izquierda levemente sobre mi pecho.

Mantengo mis ojos fijos en los suyos. Al nivel de la visión.

Respiro.

— ¿Cuánto confías en mí?

—Lo bastante como para estar aquí.

Asiento despacio. Eso es bastante.

Doy un paso hacia él sobre la tierra enlodada. Otra vez,

despacio. Cierro el espacio que nos separa.

— ¿Puedo? —le pregunto, mientras mantengo mi
mano a unos centímetros de su pecho.

Una larga pausa. Casi imperceptiblemente, asiente.

Él está quieto. Yo tiemblo. Podría quebrarse sólo con respirar con fuerza.

Respiro.

—No hay temor —murmura, mirándome a los ojos—, para el despertado cuya mente no está empapada ni se siente afligida, más allá del mérito y el demérito.

Parpadeo.

— ¿El Dhammapada? ¿De un Tecnócrata?

—El conocimiento es conocimiento, señorita Milner —dice—.

Y la tecnología es más que sólo máquinas.

—Buen apunte —También una buena táctica para ganarse la confianza. Un punto para John Courage—.

Entonces sabrás qué estoy haciendo —añado.

John vuelve a asentir.

—Construir puentes.

—Exacto.

Los años no te dan sabiduría, eso es una mentira. Aunque te dan perspectiva. Como las vistas desde las cimas de las montañas,te sitúan por encima de los bosques y de las copas de los árboles, hacia un lugar en el que los horizontes saltan de un extremo al otro del cielo. Sobre los dos, más allá de mis paredes de niebla, el cielo se aclara con promesas del amanecer.

Pongo mi mano derecha sobre el centro de su pecho, sobre Anhata, “el Latente,” el dorado triángulo central, reluciente como diez millones de relámpagos. De la oscuridad de él, un brillo de luz amarilla, invisible a los ojos, percibida por el espíritu.

Respiro.

Extiendo mi mano izquierda y le pongo su propia mano izquierda sobre el corazón, cruzada sobre mi mano. Tomo su mano derecha y lentamente la pongo sobre mi pecho. Sobre An hata, el chakra
del corazón. Cubro su mano derecha con mi izquierda.

Respiro.

No hay temor...

Respiro.

Y abro...

Un aluvión.

  

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Aurelia

Me encontrarás en tus mejores pesadillas y peores sueños. Reina Roja del País de las Maravillas.

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