A veces, nos sumimos en un pozo de oscuridad y tinieblas. No vemos la salida y nos sumimos en la desesperación y la tristeza. Tal son estos sentimientos, que llegados a un punto que nublan nuestro ser y razonamiento. Comenzamos a creer que no existe una salida.


Sabemos a ciencia cierta que innumerables peligros nos pueden acechar desde la oscuridad. ¿Cuáles saber si son reales y cuáles no? ¿Nos han enseñado correctamente a diferenciarlos? ¿Tenemos un conocimiento real de en qué consiste nuestra existencia y que esconde detrás de sus secretos? Es algo que ni el más sabio puede estar seguro de que ocurre realmente.


Lo primero es negar que está pasando todo lo que acontece. Todo es quizás fruto de un sueño, una broma o alguna sustancia que nos haya elevado a ese estado. Pero no. El choque con la realidad es tan duro que integra totalmente nuestra situación con ella, quedando absorbidos por su totalidad. Ya no lo negamos, pero comenzamos a pensar y cavilar sin uso de la razón.


Llegas a la desesperación. Te levantas rápido sin meditarlo y palpas las paredes o lo más próximo que tienes a ti, esperando un tacto fácilmente reconocible y que no te haga dudar que tienes junto a ti. La fría pared puede ser una vía, en este punto muy probablemente hasta la locura.


Vagas entre la oscuridad con desconocimiento, te golpeas con muros o tabiques bajos o mal colocados. Irónico, ¿no? Es como nuestra vida. Vagamos por un mundo a oscuras confiando en que todo lo que ocurre a nuestro alrededor es seguro para nosotros desde el mero desconocimiento. La pared es lo que nos guía por nuestra vida para llegar a algún punto y los tabiques contra lo que nos golpeamos son las simples mentiras o jugarretas de los demás para que no consigas tus objetivos, o que tú camino no sea más fácil que el de los demás.


Pero está el que se rinde y queda sumido en la oscuridad y el que ya sea por desesperación o por propias fuerzas, intenta salir de allí por todos los medios. Sigue vagando por largo momento hasta que al final, le deslumbra una luz. El final del camino, la salida y final de todo esto o el principio de algo nuevo.


Las formas que pueden dibujar las luces con las sombras pueden enloquecer al más cuerdo después de lo vivido. Palparías con miedo a tu alrededor y te topas con un arma, perfectamente preparada, pero eso no es lo que te preocupa. Te preocupa lo que posiblemente se mueva hacia ti o crees que amenaza a tu existencia.


Lo que más se lleva en estos tiempos es una pistola o un revolver. ¿Por qué no? Es la mejor simbolización de las oportunidades que tenemos en este momento, una sola bala en el tambor perfectamente colocada para elegir. Apuntas, ¿pero contra qué? Lo normal sería apuntar contra lo que te amenaza, pero hay gente débil. Gente que no puede vivir con lo que acaba de descubrir y sabe que aunque abatiera la amenaza de enfrente, nunca podría vivir en paz con lo que ahora sabe. Entonces quizás opte por apuntarse a sí mismo y accionar el mecanismo del artilugio que le dará la paz que busca.


Será la luz del final del túnel lo que determine al cobarde que no quiere ver tras ella o el que se aferra a la vida con la esperanza de una vida mejor tarde o temprano.


Esta es la cruda realidad de los seres mortales, destinados a morir algún día. Los seres eternos, quizás tengan estos conceptos más complicados, ya que no hay una salida rápida para ellos. Cualquiera que sobreviva a esto, fuera como fuese, su carácter, forma de ser y simple existencia cambiará, aunque él no lo quiera así. Lo percibirá todo su entorno mientras aún cuente con él, algunos huyen ante lo extraño y lo raro, otros se quedan con la esperanza de cambiarlo, pero sin escuchar.


La conclusión de todo esto es que no puedes no haber vagado por la oscuridad y decir a los demás que hay esperanza. Debes entrar y elegir o seguir con tu vida normal. Pero esa decisión… depende solo y únicamente de cada uno.