Como muchos domingos por la tarde, volvía a Salamanca para continuar mis estudios. Esta vez llevaba conmigo la apatía típica tras haber pasado todas las navidades con amigos y familiares, y con el agobio de saber que los exámenes acechan a la vuelta de la esquina.

Tras dejar la maleta en el maletero, enseño el código al conductor y me dispongo a ocupar mi sitio. Me toca pasillo en la zona de mitad del autobús… no quedaban muchos sitios libres más cuando compré el billete. Coloco la mochila sobre mi cabeza y me pongo los cascos con un recopilatorio que me hice pocas horas antes de salir de casa, sonando “Shine brigth like a diamond”. Cierro los ojos y me evado de todo lo que me rodea. Lentamente van desapareciendo el hombre trajeado y estresado de la segunda fila, la pareja joven y acaramelada de la cuarta fila, el chaval moreno y risueño de la penúltima fila, la pelirroja y su amiga situadas par de filas por detrás de mi asiento… todo desaparece hasta que voy por la mitad de la siguiente canción, “Nothing else matters”, siento una mano en el hombro. Parece que ha llegado mi compañero de viaje: pelo teñido y corto, no muy corpulento y en buena forma física. Creo que me dice que quiere pasar, pero hasta que no paro la música no le escucho con claridad. Coloca su mochila sobre mi cabeza y se sacude el agua de su abrigo… al parecer ha empezado a llover. Me aparto lo suficiente como para que pueda pasar y se acomode en su sitio junto a la ventana.

Poco antes de volver a acomodarme en el sitio, se pone en marcha el autobús. Decido empezar a escuchar de nuevo el temazo de Metallica, le doy al play y cierro los ojos. Esta vez no consigo evadirme y casi al final de la canción nos empezamos a mover. Suspiro e intento sacar de mi cuerpo el sentimiento de añoranza que acaba de asaltarme.

Tras la tranquilidad de la canción anterior, llega el subidón de “Right now”, también de Rihanna. Me animo un poco y termino de limpiarme la añoranza por ahora. Abro los ojos y veo el autobús casi lleno, excepto por un par de asientos aquí y allá. Ya se empieza a notar el calor de la calefacción un poco agobiante. Me subo las mangas mientras observo que aún no hemos conseguido salir de la ciudad. Parece que con la lluvia se han producido un par de atascos, como suele ser habitual en Cáceres. Me descubro observando a mi alrededor, viendo como poco a poco la gente se va quitando una capa de ropa… menos el hombre trajeado, que se afloja un poco la corbata. Con tanto movimiento el olor a humedad queda enmascarado por varias olas de perfumes y colonias distintas. Esta vez hay suerte y el olor a humanidad no se hace patente.

Parece que ya salimos de Cáceres y vamos en dirección hacia la autovía de Salamanca. Busco el cinturón de seguridad a tientas y me lo pongo sin llegar a abrir los ojos. Me ha costado casi un cuarto de “Wind of change”. Termina la canción entre mis profundas respiraciones que ya se han acostumbrado a la mezcla de olores y ya no distingue ninguno. Escucho los primeros acordes de la siguiente canción y rápidamente reconozco la canción: “Highway to hell”. Pasan por mi cabeza fragmentos del Fanter de los últimos años, y esa espera hambrienta justo antes de que presentaran la película de turno, mientras un presentador parecido a Marron el del hormiguero aparece en el escenario con la canción de fondo y empiezan los vítores. Todos estos pensamientos no me duran más de un par de segundos y en seguida vuelvo a centrarme en la canción.

Repentinamente, el autobús frena y cambia de dirección varias veces en dos segundos. Entonces todo pasa muy rápido. Siento como si tiraran de mi cuerpo desde mi izquierda con una gran fuerza y un instante después la fuerza cambia de dirección y tira de mí de forma brutal hacia la adelante y a la derecha. Justo al cambiar el sentido de la fuerza, una cruel y visceral amalgama de sonidos impregnan mis oídos… el sonido de cristales rotos, metal quebrándose, personas gritando antes del accidente que dejan de gritar mientras un camión que venía en sentido contrario les “rompe” la vida.

El cinturón de seguridad me abraza de forma dañina, sintiendo que me va a partir por la mitad. Pero no consigue evitar que me golpee la cabeza con el asiento delantero, quedando muy entumecido. Y mientras voy volviendo en mí, noto como me llegan olas de sensaciones a cada uno de mis sentidos.

Un pitido lejano se ha apoderado de mi cabeza, mientras en auricular del oído derecho se empeña por hacerme llegar lo que queda de canción de “Highway to hell”. Me llegan imágenes de alguna de las luces del pasillo, pero no consigo averiguar si son las del suelo o las del techo. Me siento magullado y cansado y me cuesta moverme, pero la adrenalina generada por mi cuerpo comienza a cambiar la situación. Pero sobre todo esto, hay algo que casi lo enmascara todo: los olores.

Mi olfato empieza a notar el cambio y detecta olor a goma quemada, algo que puede ser aceite de motor, sangre, piel quemada, quizá orina humana y el peor de todos ellos, un olor que al principio comienza siendo algo dulzón pero que según va entrando en tu cuerpo te satura más y más hasta que llegado un punto, pasa a sentirse como si fuera comida podrida que, te revuelve desde el interior provocándome incluso arcadas. Este olor a muerte es algo que sigue persiguiéndome cada vez que intento dormir.

Tras conseguir centrarme, me esfuerzo en desabrocharme el cinturón descubriendo que me duele el abdomen, la parte izquierda de la cabeza y el hombro izquierdo. Miro a mi compañero de asiento y parece que se encuentra consciente. Recuerdo que tengo una linterna en el móvil y la enciendo. Al observar de nuevo a mi compañero, le veo sangrar por la parte izquierda de la cabeza de forma constante. Él coge su sudadera y la presiona contra su herida para intentar parar la hemorragia. No sé si es buena idea, pero no voy a decirle nada al respecto.

Poco a poco, la gente va volviendo en sí… por lo menos la gran mayoría. Llamo a emergencias y cuando le explico lo sucedido me indican que ya han sido avisados. Al parecer el conductor del autobús ya se ha puesto en contacto con ellos. Cuando me quiero dar cuenta, está abriendo la salida trasera y está ayudando a la gente a bajar, echando una mano y viendo quienes parecen los más graves.

El sonido de las sirenas es cada vez más intenso y comienzan a verse patrullas de la guardia civil, de la policía nacional, bomberos y ambulancias. Unos y otros empiezan a trabajar y a moverse como si aquello fuera un hormiguero. A los viajeros que podemos andar por nuestro propio pie nos agrupan en varias tiendas que han montado en cuestión de minutos. A los más graves los trasladan al hospital y empiezan a curarnos al resto las heridas físicas…

Creo que toman declaración al conductor del autobús y lo intentan con el del camión, pero no lo encuentran. Supongo que habrá quedado atrapado entre la maraña de hierros que los bomberos se esmeran en desenmarañar.

La sensación estar en una nube que se apoderaba de mi cuerpo desapareció en un instante, devolviéndome todo el dolor que llevaba acumulado. Primero se cobró el físico, controlado por la adrenalina, y después se cobró el psicológico, aletargado por el shock.

Según van pasando los días, parece que mi cabeza va recordando matices nuevos: una cara aquí, una persona sollozando por allí, al conductor haciendo un torniquete al hombre del traje… pero sin duda lo que más me ha marcado, es el olor dulzón y podrido de la muerte.