La verdad, no sé por qué estoy escribiendo esto, supongo que por la incertidumbre de lo que pueda pasar quiero dejar un último legado.

 

Decidí implicarme de participar en las jornadas de convivencia para recuperar un momento de mi vida que no recuerdo. Aparentemente iba a ser una reunión aburrida en el que la gente cuenta sus problemas a completos desconocidos con la idea de que quizá les pueda ayudar, algo incomprensible para mí, ¿de qué sirve eso? ¿Por qué la gente se centra en sensaciones irracionales en vez de pensar con auténtica cordura y encontrar un motivo racional de los hechos que viven? Seguramente jamás lo hubiera entendido de no haber estado allí en aquel momento.

 

Todo ha ocurrido tan deprisa que no alcanzo a comprender del todo el mundo en el que vivo, pero creo que estoy empezando a abrir los ojos. He podido ver histeria y miedo incomprensibles reflejados en los ojos de mis compañeros, he visto cómo se auto engañaban creyendo ver cosas que no existían. He tenido frente a mí criaturas no humanas con habilidades excepcionales, capaces de doblegar una mente humana sin apenas inmutarse. He visto la muerte, el dolor y el sufrimiento físico, la sangre emanar a través de piel desgarrada, escuchar alaridos de dolor, y hasta cierto punto, me he sentido implicado en todo esto como nunca antes lo había sentido.

 

Estoy seguro de que esta situación viene de antes, desde aquel accidente, mi vida no volvió a ser la misma. Me miraba al espejo y no era capaz de reconocerme. Mis normas estaban rotas, mi rutina había sido alterada, y noche tras noche me despertaba sudando y con la respiración agitada, sentía no ser el dueño de mi propio cuerpo, estaba perdiendo el control y no sabía por qué, pero estaba dejando de ser yo mismo. Mi cámara se rompió debido a la colisión de nuestro autobús y el camión de Pentex. Una vez al mes solía salir de la ciudad y retratar momentos, paisajes, escenas que merecían la pena ser inmortalizadas en una imagen. Ayalga me ha comentado que no importa el no poder hacer fotografías mientras pueda grabarlas en mi memoria, pero lo que no sabe es que el no poder hacerlo me hace sufrir en lo más profundo de mi corazón, ya que es algo que me hacía sentirme bien conmigo mismo, algo que nadie ha entendido tampoco desde aquel día. Creo que morí en aquel autobús, pero aún no lo sabía, hasta hoy. Quizá no sea muerte, quizá sea una metamorfosis, pues me siento encerrado en una crisálida, deseando cambiar, deseando conocer. Es una sensación que nunca antes había tenido, ni tampoco entendido, es extraño pero tiene que haber una explicación a todo esto estoy seguro de ello.

 

Cada vez estoy más seguro de lo que tengo que hacer. A cada información que procesa mi cerebro mis ojos se abren más, y es verdad que el mundo esconde secretos que merecen la pena ser desvelados. También pude verle a él, aquel bello ser, tan íntegro, tan perfecto, tan seguro de todo lo que nos rodea… tan poderoso, quiero comprenderle, quiero ver lo que él ve, no quiero temerle como los demás le temen, queriéndolo destruir inútilmente, quiero caminar a su lado, ver el mundo con sus propios ojos, y que él lo haga a través de los míos. Quiero conocer el mundo tal y como es, para volver a tener el control, para volver a establecer mis propias reglas, para darle sentido a todo lo que me está pasando.

 

Nos encontramos en una base militar, nos han dado instrucción militar y armamento. Han venido a atacarnos y nos hemos defendido de gente que intenta eliminarnos, desconocemos el motivo. Los militares con los que nos encontramos se dedican a “limpiar” catástrofes que seres sobrenaturales han provocado. Su misión, según dicen, es la de protegernos pero, ¿y si lo que queremos no es protección, sino entendimiento? ¿Por qué ocultarnos una verdad tan bella y tan pura? ¿Acaso no tenemos libre albedrío, para poder elegir por nosotros mismos qué nos conviene o no? Mis compañeros no lo entienden, prefieren seguir siendo esclavos de sus insignificantes e irracionales vidas. No puedo reprocharlo, desde que los he conocido nunca han llegado a entenderme, ni yo a ellos, y aunque no estén de acuerdo conmigo, y hayan evitado que tome mis propias decisiones, no van a evitar que haga lo que debo hacer.

 

Hemos recibido una sustancia extraña, mis compañeros dicen que puede ser peligrosa, yo quiero pensar que es un acto de fe. Me han prohibido hacer una locura, al menos eso dicen, pero siento que no son capaces de comprender lo que verdaderamente está pasando en el mundo, y en su propia ignorancia no quieren respetar mi decisión. Quiero tener fe, quiero ser yo quien controle mi propio destino, quiero volver a tener el control que me fue arrebatado desde el accidente. El Buhonero ha llegado a la base, todos están con él, es mi oportunidad. Han dejado sin vigilancia la sustancia.

 

Voy a inyectarme 10 mL de la sustancia en mi cuerpo, puedo hacerlo gracias a que el médico de los militares me ha conseguido una aguja hipodérmica y una jeringuilla. No sé lo que va a pasar, quizá muera, quizá deje de ser yo mismo, o quizá no pase nada. Sea como sea, ahora tengo el control de nuevo, vuelvo a sentirme el dueño de mi propio destino. No tengo miedo de lo que pueda pasar, sea lo que sea lo que me suceda.

 

No me queda mucho tiempo, he aprovechado este momento de soledad para escribir lo que pueden ser mis últimas palabras. Estoy seguro de que habrá gente que jamás entenderá por qué lo he hecho, por eso dejo escritas estas palabras, para que, de alguna forma, espero que si dejo este mundo, la gente pueda comprender por qué hice lo que hice.

 

Quisiera terminar esta carta con una frase que no he dejado de decir en las últimas horas…

 

“Todos moriremos algún día”

 

Damián Ramos Gervais

20/03/2016 02:41 a.m.