- ¡¡¡Eso es Gilipollas!!!


Roberto se levantó y lanzó la botella a la pared. Se hizo añicos contra unas luces de neón, derramando cerveza y trozos de cristal.

- ¡Fuera! ¡Lo vamos a solucionar ahora!


El hombre alto y ancho había estado recostado con los pies apoyados en la mesa de billar. Al escuchar el reto, se encogió de hombros y se puso de pie, retirando de sus pantalones las cáscaras de cacahuete que había estado cascando. Siguió a Roberto hasta fuera de la puerta y continuaron andando hasta la Plaza Mayor. Allí se desviaron hacia una de las calles secundarias y anduvieron por un breve rato.

De repente, Roberto se dio la vuelta y gritó al desconocido:

- ¡Aquí mismo! ¡¡AHORA!!


Se quitó la cazadora y la arrojó al suelo. Nadie pasaba por la calle, un martes por la noche en Cáceres no había mucho movimiento.

El extraño movió la cabeza como si estuviera tratando con un niño y le dijo en una voz pausada y en un tono bajo:

- ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres?


- ¡No puedes venir aquí y contar toda esa basura de mi padre y esperar que no haga nada! – replicó Roberto al desconocido. No daba crédito a lo que escuchaba y en su rostro no se podía disimular la sorpresa. – No sé quién eres o cómo conoces a mi padre y mi familia, pero te voy a dar una lección que no vas a olvidar. ¡Yo protejo a los míos!


- Sí… Sé como os protegéis aquí unos a otros – Dijo el desconocido en el mismo tono de voz, de la misma forma pausa, casi riéndose de la reacción de Roberto – Os protegéis de una forma muy sencilla. Inclinados y con los pantalones bajados hasta los tobillos, esperando a papá.

Roberto enrojeció de ira. Grito con rabia. Sacó su cuchillo que guardaba en el interior de su bota y se lanzó hacia el extraño. Antes de que supiera lo que había hecho, sintió que el cuchillo se hundía casi hasta el mango en el cuerpo del extraño.

El extraño no se estremeció, se rio.

Roberto tiró con fuerza y vio el filo, tan limpio como cuando lo desenfundó. Miró al extraño, que lo agarraba por la espalda y lo bajaba al suelo con la fuerza de unas tenazas de acero. Todo ocurrió muy deprisa, en décimas de segundo. Roberto no podía creer lo que estaba pasando. Cuando quiso darse cuenta, estaba de rodillas lloriqueando sin comprender nada, solo sentía miedo. El extraño se limitó a decirle:

- Tu padre me traicionó. Y ahora el castigo recaerá sobre los suyos.