Las voces no lo dejarían en paz. Las formas extrañas no dejarían de seguirlo. Lo habían acompañado desde su trabajo en aquella obra en la carretera de Ceclavín. Desde que descubrieron aquella cavidad artificial con todos esos signos y aparatos extraños… Entonces cerraron el lugar y llegó la policía para investigarlo. Pero finalmente llegaron ellos, enseñaron papeles, placas… ¿Qué de todo eso era verdad? Se hicieron con el control de todo y decían que lo iban a investigar y extraer para que no supusiera un peligro.

Después de eso, todo sucedió como si fuera una de esas malas películas de Terror. Las voces. Las formas. Y José era el único que las veía u oía. No daba la impresión de que hablara con nadie más, o tiraran de su pelo, o aguijonearan su piel, o le hicieran tropezar, o le acuchillaran. Solo José. Pensó que se volvería loco. Todo, hasta que encontró las pruebas. Vasos capilares rotos por donde le habían pisoteado y moratones donde le habían golpeado. Gente con la que no solía cruzarse... Eran reales, y le perseguían.

Trató de hablar con ellos, de averiguar qué era lo que querían, pero nunca se lo decían. Únicamente se reían o gritaban para asustarlo. Era su juguete.

Así que finalmente se compró su propio juguete. Le llevó algún tiempo, pero finalmente lo tenía. Para cazar, por supuesto. Esa fue su versión. Eso era lo que dijo a aquellos Guardia Civiles al enseñarles su permiso y ellos le creyeron. Pero José sabía que su juguete era lo único que podría salvarle.

Se fue a aquel banco en el que años atrás iba con su padre al borde del río a dar de comer a los patos. El creía que acudirían en busca de las migas de pan, pero cierto era que hacía tiempo que no quedaba nada de esa fauna en la zona. No le animó el recuerdo de su difunto padre feliz con él en ese viejo banco de madera, ya roído por el tiempo.

Tranquilamente sentado, metió la mano en el bolsillo de su abrigo. El metal frio le reconfortó en cierta medida, algo en lo que concentrarse mientras comenzaba de nuevo ese parloteo incesante en sus oídos. No les gustaba lo que estaba planeando.

José se limitó a suspirar y puso su única esperanza dentro de su boca, mientras las lágrimas recorrían las mejillas bajando de sus ojos.