Al fondo… esa melodía interminable que de tanto escucharla hace mella dentro de mi subconsciente… dentro de mi cabeza. El piano no deja de entonar esas notas en mi mp3, una tras otra, formando una melancólica melodía. Esos pocos segundos marcan un antes y un después para mí. Un cambio increíble en mi vida al rememorar todo lo ocurrido… Una revelación importante que debía tener tarde o temprano.

 

Me revuelvo en mi sillón buscando una posición más cómoda. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevo aquí intentando levantarme, hacer algo, pensar con claridad? No me fallan las fuerzas, me falla la motivación. El no ver objetivos claros, el tener que enfrentar una espera que se me puede hacer interminable. Muevo el vaso para ver cómo el alcohol va derritiendo poco a poco el hielo y compruebo ya por segunda vez que no me queda tabaco. Mato el tiempo, pero la puerta que tengo enfrente sigue sin abrirse.

 

Estaba perdido. Aunque con un buen trabajo, un gran amor, y una familia unida y que me quiere… no vivía mi vida de forma correcta. Acostumbrado a la planificación y al control, todo lo que se puede avecinar escapa de mis manos. Rompe mis esquemas y descoloca el mundo tal y como lo conocía. ¿Para mal? No lo creo… He recuperado mi personalidad estancada desde hace muchos años, la cual se ha dejado trastornar por varios hechos traumáticos o difíciles a lo largo de esta última década. Todo debido a un hecho revelador que ha impactado en mi psique de una forma sobrehumana.

 

Estábamos en el salón, ahora vivo en una pequeña vivienda unifamiliar en la parte norte del barrio de Mejostilla. El frío era muy fuerte ese día, y mi mujer y yo acabábamos de decorar el árbol de Navidad. Los peques de la familia estaban de visita. Reían y jugaban al compás de los villancicos mientras se atiborraban de dulces, aunque era casi la hora de cenar. La típica estampa feliz navideña de esta época.

 

Pero pronto desaparecería tal momento, pues sonó la puerta de la calle cerrándose de golpe. Algo raro, pues me aseguro siempre de que todo esté bien cerrado. En ese momento… no sé qué ocurrió exactamente. Los niños comenzaron a gritar y trataban de esconderse, mi mujer quedó paralizada de terror mirando hacia la puerta hasta que se desmayó, y yo seguí su mirada para contemplar un horror que no creo que nunca llegue a comprender jamás…

 

El miedo me agarrotaba, mis músculos no respondían. Solo podía mirarlo fijamente. Era grande… no sabría describirlo mucho más. Dos ojos enormes, negros en su totalidad se clavaban en mí. De repente los niños no gritaban, mi mujer yacía en el suelo inmóvil y esa cosa avanzó hasta mi altura con un paso dominante y seguro; sabía que tenía la situación controlada y que estábamos a su merced.

 

Solo pude mirar hacia el suelo sin saber qué esperar, hasta que escuche una voz de adolescente, de chico, que no podré olvidar en la vida. Me contó cada detalle de mi vida. Conocía mis miedos y se identificó como todos ellos juntos. Venía a por mí… mis miedos venían a por mí. Mi precio a pagar era alto y nos iba a llevar a todos, dejó sus intenciones muy claras desde el primer momento… No entendía nada, solo pude derrumbarme y suplicar, como si algo dentro de mí entendiera lo que estaba ocurriendo exactamente… pero obviamente no era así.

 

Él rio de forma estremecedora y fuerte, tanto que no hubiera sido difícil escucharle desde el otro lado de la calle. Me preguntó que si estaba dispuesto a sacrificarme por los míos y no dudé, le dije que por supuesto que sí. Me anunció que su presencia es un presagio de algo malo que ya ha ocurrido pero que yo mismo debo superar. Mi amor por los míos es lo que me puede salvar. Únicamente eso, y yo cargaría con todo el peso de aquello hasta el fin de mis días.

 

Cuando pude levantar la cabeza, él había desaparecido. La puerta estaba cerrada y no había nada descolocado. Mi mujer estaba en el suelo como si de un mareo se hubiera tratado y los chicos a su alrededor para ver si estaba bien. Alarmado acudí y por lo que pude ver, ninguno sabía o recordaba nada. ¿Una alucinación mía, quizás?

 

Han pasado varios días y tengo la certeza de que ellos están a salvo. Estoy en este lugar apartado en este sillón, sin tabaco, apenas alcohol y pocas ganas de seguir existiendo en este mundo. No hay vicio o medicación que pueda ahora mismo llenar el vacío que tengo dentro después de estar a punto de perderlo todo, mi casa, los chicos, a ella… incluso mi propia vida.

 

La melodía del piano no para de repicar y en cada nota me enfrento a todos mis miedos. Son como manos que surgen para arrastrarme a un vacío y un fin doloroso y difícil de evitar. No son solo una o dos, sino varias, cada vez más. Mi parte racional intenta apartarlas, pero mis miedos llevan la ventaja en esta ronda. Me arrastran hacia un vacío del que tengo miedo no poder volver a salir.

 

Me arrepiento de cada acto cometido que ha causado algún tipo de dolor a alguien, sobre todo a los míos. Tal es la vergüenza y la desdicha de sentirme así, que he pensado en el suicidio, pero sería una decisión demasiado egoísta. Liberaría mis penas, acabaría mi sufrimiento, pero a cambio de la agonía de mis seres queridos que sí me echarían en falta. No era una solución factible.

 

Mientras espero y sigo pensando, más manos continúan surgiendo para arrastrarme hacia mi perdición. Mi raciocinio a veces gana y consigue apartarlas casi todas… pero el mínimo detalle o mal pensamiento me hace recaer. Es una lucha interna dura y solitaria, pero sé que lo acabaré consiguiendo de una forma u otra.

 

 

De repente la música para y miro el mp3 disconforme. Le queda batería, no entiendo por qué ha parado. Hago nuevamente el gesto de buscar tabaco de forma inconsciente y errónea, pero algo me sobresalta. La puerta que hay frente a mí se comienza a abrir. Ya está aquí.

  

Es la hora de la verdad, es la hora de hacerle frente a todo. Es hora de luchar por todo lo que quiero y enfrentarme a todo lo que temo. La puerta se abre y ahí está ese ser indescriptible dispuesto a hablar una vez más conmigo. Levanto la vista, esta vez decidido, con una media sonrisa de seguridad en mi rostro, y lentamente me pongo en pie.