Me despierto, está oscuro y no veo nada… me zumban los oídos y al intentar levantarme siento terribles punzadas de dolor dentro de mí, el pecho me arde y la garganta está áspera.

 

Me siento sucio y pegajoso, eso no es nuevo.

 

Me incorporo torpemente al borde de la cama, resistiendo el dolor que se va mitigando al respirar profundamente.                                                                                        

 

Enciendo a tientas en la oscuridad la lámpara de la mesilla, el fogonazo de luz amarillenta de la bombilla me desconcierta. Miro la lámpara y es fea como el demonio, ochentera, con formas redondeadas y de colores que se mezclan hasta casi parecer a veces de color de la mierda de un enfermo. Permanezco sentado y miro mis pies: tengo una bota puesta, llena de barro, el otro pie está casi cubierto por un jirón de calcetín, también sucio. Muevo los dedos y cae barro seco al suelo.

 

Sonrío, o eso creo que hago, cuando un latigazo de dolor me envuelve el cráneo y me baja por la barbilla hasta las clavículas, noto como resbala la sangre por mis labios, barbilla y pecho.

 

Miro a mi alrededor y está todo destrozado, con más restos de barro por todos lados, en una pared veo las marcas dejadas por unas manos manchadas de sangre en el papel pintado resbalando hacia el suelo, no lo dudo ni por un segundo, son mis manos las que dejaron esas marcas de sangre. ¿La sangre? Ni idea.

 

Me levanto y caigo.

 

Veo cosas, me veo a mí, con uno de mis fabulosos trajes y unos esplendidos zapatos, camisa de seda y una corbata italiana a juego, en mi cuello una cadena de oro con un feo medallón, jamás me pondría semejante complemento, ese tipo de joyas son para personas decadentes, pero me lo guardo ansioso bajo la camisa y me tranquiliza sentir su frio tacto en mi pecho.