El viaje hacia Los Ángeles había sido tranquilo, todo lo que podía ser en una ciudad con varios millones de habitantes cuya circulación en hora punta era un auténtico caos. Paró en una zona comercial cercana al aeropuerto que estaba repleta de centros comerciales y hoteles baratos destinados a los turistas más pudientes alejado de las brillantes torres de luz del centro. Compró algo de ropa en un centro comercial, comió un par de hamburguesas en un restaurante deleitándose en cada bocado. ¿Cuánto tiempo hacia que no comía? Su hambre era atroz.

  

Se alojó en un hotel que parecía cómodo cuya principal clientela eran las tripulaciones de la infinidad de aviones que diariamente hacían escala en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, le dieron una habitación agradable, o al menos lo era más que la habitación en la que se despertó la noche anterior. En esta al menos no olía a sudor rancio… bueno, sí que olía a sudor rancio, el suyo.

 

Se fue directo al baño a darse una ducha, la necesitaba con urgencia, la verdad era que no recordaba cuándo se había duchado por última vez. Se deleitó con el agua caliente recorriendo su cuerpo, pasó casi cinco minutos estático con ella recorriendo su piel, hirviendo. Fue en ese momento cuando se percató de las cicatrices. Eran cuatro marcas rosadas del tamaño de una moneda de dos euros en su pecho, cuatro estrellas de piel suave y rosada. No recordaba cómo se las habían hecho, ni cuándo.

 

Cada cicatriz de un guerrero tiene una historia que contar y él se sabía las historias de todas y cada una de sus cicatrices, pero esas cuatro estrellas eran un misterio para él. Las recorrió con su mano sintiendo un fuerte escalofrío cuando sus ásperos dedos las rozaban. La última incluso le causó un pinchazo de dolor. Estaba cerca del corazón, demasiado cerca como para haber sobrevivido a ella.

 

Tras secarse con las suaves toallas del hotel se arrojó en la cama y se quedó dormido al instante. Estaba realmente agotado.

 

Su sueño fue turbulento e intranquilo, un remolino de imágenes inconexas azotaron su sueños. Una fugaz sucesión de rostros pasaban rápidamente ante él. Eran rostros de hombres, mujeres y niños. Unos reían y parecían amigables, otros gritaban ferozmente de ira o de dolor o lloraban, presos de un dolor y sufrimiento atroz. Durante su sueño recorrió lugares sombríos y terribles, lugares azotados por una desolación terrible, destruidos y arrasados por la guerra, el hambre o la peste. El apocalipsis entero estaba en su sueño.

 

De entre todos los rostros que pasaron ante sus ojos había uno recurrente. Un tipo de rostro delgado, con barba y cabeza rapada, una voz rasposa y unos ojos alocados. Lucius

 

Pero también estaba el rostro de una mujer joven, casi una niña. Esta le miraba y se reía. Un escalofrío recorrió su cuerpo y su mente; ese rostro no estaba en sus recuerdos, ese rostro estaba en su mente, en sus sueños y le miraba directamente… Noelia.

 

“Recuerda” le dijo con una sonrisa burlona en la cara.

 

Despertó de golpe cubierto de sudor. La temperatura de la habitación había bajado terriblemente, tanto que su respiración producía vaho en el ambiente.

 

Rápidamente se vistió y bajo a recepción. Necesitaba un ordenador y lo necesitaba ya. Su mente comenzaba a llenarse de datos y tenía que comprobarlos, tenía que cerciorarse que lo que recordaba era cierto.

 

Por suerte, en una ciudad como Los Ángeles uno puede encontrar lo que sea a la hora que sea. Compró un móvil con una tarjeta de prepago y un portátil en un Walmart 24 horas que estaba cerca del hotel y volvió a toda prisa al hotel. Estaba nervioso y terriblemente excitado, por fin tenía algo a lo que agarrarse. Finalmente las sombras se retiraban de su mente y los pedazos de sus fragmentados recuerdos empezaban a encajar.

 

Entro en la habitación como una exhalación y encendió el portátil, se conectó a Internet y se quedó petrificado un momento. Había accedido al buscador y este le había redireccionado directamente a una página de noticias, noticias del 4 de Febrero de 2017… Hasta el momento no había reparado en la fecha en la que estaba, no le había prestado la mayor atención. Había recordado cosas durante el sueño, pero su último recuerdo era del 19 Marzo de 2016. Había perdido casi un año de su vida, un año del que no recordaba nada.

 

Se repuso de la impresión inicial. Quizás aún podría recordar algo más, quizás las respuestas  que buscaba estaban en la red. Tecleó una dirección de un servidor de correo privado y  accedió a una cuenta de correo, sus dedos volaban sobre el teclado, no sabía cómo pero sabía cuál era la cuenta y la contraseña. El ordenador tardó en cargar la página pero al final accedió a la bandeja de entrada del correo. Su rostro se iluminó solo para volver a ensombrecerse al instante. Mada, no había nada en la bandeja de entrada ni correos anteriores… N siquiera contactos. Empezó a reír de manera demencial mientras arrojaba el portátil sobre la cama. Su risa se volvió alocada; acababa de recordar que configuró un sistema de autoborrado en la cuenta de correo. Si no se conectaba cada tres días el programa de seguridad lo borraba todo. Había perdido los contactos y los correos, un rastro que necesitaba seguir para saber qué había pasado.

 

Abrió la nevera de la habitación y agarró varias minibotellas de bourbon del interior, necesitaba un trago. Vacío dos de los pequeños botellines de un trago. Estaba cansado y perdido. No recordaba nada del último año y el resto de sus recuerdos eran confusos, ni siquiera sabía cuál era su verdadero nombre…

 

Abrió la tercera botella con los dientes y dio un sorbo. Notó un calor subiendo de su estómago, un calor agradable y reconfortante que calmó su estado de nervios. Empezó a resignarse y a pensar que quizás recordar le llevaría más tiempo o que nunca se acordaría quién era o qué le había pasado. Vacío la botella de un trago y mientras reía como un loco y rebuscaba nuevas víctimas un ruidito semejante a una campanilla resonó por toda la habitación, haciendo que hasta los latidos de su corazón se detuviesen en seco. Un correo electrónico había entrado en su cuenta.

 

Se acercó al portátil con sumo cuidado, como si se acercase a una bomba que estuviese a punto de estallar. Si hubiese tenido un arma en la mano seguramente en ese preciso instante estaría apuntando al aparato como si este representase algún peligro.

 

Un sobrecito parpadeaba en la pantalla del ordenador.

 

Su mano se acercó al táctil del teclado y un dedo tembloroso movió el puntero hasta el pequeño y parpadeante sobre. Clicó sobre él.

 

El mensaje apareció en la pantalla del ordenador y sus ojos lo leyeron ávidamente. Se quedó paralizado. El correo lo enviaba una mujer, una mujer cuyo nombre no le sonaba de nada y le formulaba una pregunta.

 

“¿Qué es más importante para ti, saber qué es lo que ha sucedido o la venganza?”

 

Lo que más le sorprendió no fue que una desconocida le ofreciese respuestas, ni una a todas luces sangrienta venganza. Lo que más le sorprendió fue el nombre de a quién iba dirigido el correo. Un nombre que le produjo algo parecido a una descarga en el cerebro… En el mensaje le llamaban por su nombre, por su verdadero y olvidado nombre.

 

Sonrió para sí mismo “Ya sé quién soy”.