Alexandra me recomendó escribir para desahogarme, pues no encuentro con quién puedo.

 

Ha pasado ya un tiempo desde que te fuiste. Desde que nos dejaste… Duele. En la cabeza, en el corazón, en el alma… Nunca creí que escribiría cosas así.

 

No solo te extraño y te echo en falta. Te necesito conmigo. He pateado muchas sendas tanto de aquí como de más allá, intentando buscar indicios, mensajes tuyos, pero nada. Cómo tú decías, moriste una vez y perdiste tu nombre… Ahora has muerto de verdad, de forma definitiva.

 

Me doy la vuelta en la cama y aún encuentro tu olor impregnado en la almohada. Me muevo por la casa y cada rincón, cada objeto, cada habitación… me trae a la memoria una escena contigo que no puedo borrar de mi mente. No sólo no puedo, no quiero.

 

He negado muchas veces aceptar tu pérdida, como si un día a la hora de siempre fueras a entrar por la puerta de casa, saludando como siempre, con tu beso y tu abrazo diario. Esos que me daban fuerzas para seguir adelante los días difíciles.

 

Cometí errores en mi vida, seguro que alguno contigo. Pero no cambiaría nada del pasado pues eso quizás desencadenaría que nunca te hubiera conocido. Que nunca hubieras participado en mi vida. Que nunca te hubiera sentido. Solo el pensamiento de esa posibilidad me estremece y hace temblar aun sabiendo que no es posible. Has estado ahí y no lo lamentaré jamás.

 

Marcha en paz mi amor, que nuestra llama no se apagará. No permitiré que caigas en el olvido ni nadie mancille tu memoria. Te recordaré cada día de forma irremediable en mi vida, pero deseo que sea así, y al final del recuerdo esbozaré una sonrisa.

 

Nunca, jamás, podré olvidarte.

 

Porque las cosas visibles son pasajeras. Las invisibles… son eternas.

 

Te extraño… Te amo Bella. Y lo que más me arrepiente es no tener oportunidad de poder repetirte estas palabras nunca…

  

 

K.B. Marzo del 2014, Los Ángeles