David apagó disgustado la radio del coche. La música era una mierda últimamente. No como cuando era más joven. Esa fue una época de música genial, lo que llamaban rock “clásico”.

 

Siguió conduciendo en silencio. La carretera habría estado completamente a oscuras si no fuera por el resplandor de la luna. No había alumbrado a esa distancia en la carretera. Tomó el primer desvío que vio del Casar de Cáceres y Cáceres dirección Mérida, sin darse cuenta de que no era el desvío que quería tomar, sino una vía de servicio. Pronto llegaría a la bifurcación, donde el asfalto dejaría paso a la gravilla. Si en el cartel ponía dirección Cáceres no podía estar errado, pero después de 5 minutos de esa mala carretera dudó y paró el coche.

 

Encendió su GPS para ver su localización.  Según el moderno aparato, efectivamente estaba en una vía de servicio que desembocaría a una avenida que va a parar a la ronda norte. 6 km más y llegaría a su destino. Volvió a ponerse en marcha y la carretera era cada vez más estrecha y tortuosa. Ningún alma por aquel lugar. Ninguna luz.

 

Aún ardía de rabia por los comentarios que había hecho esa chica en la gasolinera, hacía un par de horas. Le había parecido muy simpática al principio, evidentemente aburrida y buscando conversación. Le preguntó de qué trabajaba: él habría preferido que no lo hubiera hecho. Cuando se lo dijo, ella empezó a reír. Eso era de esperar. Pero cuando le explicó que iba en serio, ella siguió riéndose. Él tiró un billete en el mostrador, se tomó su bebida y se fue como un huracán sin preocuparse del cambio.

 

Y ahí estaba el cartel que no esperaba encontrar. “Prohibido el paso, obras”. No era este el final de su trayecto, pero había una cerca abierta a la derecha y estaba cansado, eran altas horas de la madrugada. Lo más prudente era parar. Aparcó dentro de aquella finca de la que no sabía nada. Esto parecía deshabitado, dudaba que a los dueños le importase si aparecían… y a estas horas era imposible. Se recostó en el asiento del conductor inclinándolo un poco hacia atrás y cerró los ojos.

 

A las pocas horas los abrió. El día estaba nublado y aún no había levantado toda la luz que le correspondía a un día oscuro. David decidió bajar del coche y estirar las piernas. Nadie le esperaba en casa y su encargo en Cáceres podía esperar hasta el mediodía, eran las siete y media de la mañana. Anduvo un poco por el camino de tierra dejando el coche atrás y llevando sus pertenencias encima. Respiró el aire puro y consiguió relajarse en parte. Llevaba unos días muy duros y el dolor de espalda del duro asiento no era tampoco de gran alivio.

 

No podía quitarse de la cabeza la chica de la gasolinera y su risa. La ignorancia hace al burro rebuznar. Sus recuerdos se disiparon al momento que entendió que la finca estaba abandonada. Dos casas medio en ruinas y la apariencia de que hacía mucho tiempo que nadie pasaba por allí.

 

Echar un vistazo ya que estaba aquí no estaba mal, ¿quién sabe lo que podía encontrar? Ese fue su error.

 

Primero anduvo alrededor de las casas curioseando, viendo que estaban cerradas a cal y canto hasta que encontró en la hierba tirados dos peluches. Le llamaron la atención porque los propios peluches estaban rotos, casi deshechos por el clima, pero las manchas de sangre eran claras en ellos. Eso fue lo que disparó todas las alarmas en la cabeza de David.

 

De repente, un ruido sonó dentro de la casa. Un ruido de tirar algo al suelo y eso ya no le gustó tanto. Sacó casi por reacción su pistola de la chaqueta y quitó el seguro. El frío acero casi se podría decir que hacía que le doliera la mano… recordaba la última vez que la usó… y para qué.

 

Se acercó con precaución a la casa, abrió la puerta despacio. Muy despacio. Y entró. Pasaron los minutos, pasaron las horas y pasaron los días. No tenía noción del tiempo. Finalmente, David salió, con cara de terror, desaliñado, de haber estado dos días sin atender sus necesidades y totalmente mugriento de polvo y barro. Se arrodilló delante de la casa y lloró. Lloró amargamente pidiendo piedad. Después confesó en alto.

 

Él había asesinado a sus hijos y a su mujer mientras dormían, no alguien que se coló en su casa como alegaron en el juicio. Comprar al juez con el dinero de la herencia de su madre y cobrar los seguros fue una gran idea de un amigo, pero fue él quien la realizó. No todo acababa aquí, ya que después confesó matar a su amigo cuando le pidió una parte del botín por la ayuda.

 

David siguió llorando arrepentido mientras se escuchó la puerta de la casa abrirse despacio y volverse a cerrar lentamente. Pasos en la hierba se iban aproximando a él y una mano tocó su hombro. Una voz le dijo que había expiado sus pecados, pero que ya sabe cuál era su precio y su castigo.

 

David se incorporó un poco y asintió, sin mirar atrás, solo hacia delante. Hacia el camino que había andado hace dos días. ¿Por qué nota ahora las flores con más color y más llenas de vida? ¿Por qué ahora le parece maravilloso el color del cielo, la forma de las nubes o el movimiento de las ramas de los árboles con el viento? Porque su tiempo de disfrutar de esas cosas acabó. Nunca se fijó en esos destalles y le dio más tristeza ahora que se los iba a perder. Había aprendido a apreciarlos demasiado tarde.

 

Sacó nuevamente su pistola y dejó que el frio metal no solo le volviera a escocer en la mano por los actos atroces que cometió en el pasado con ella, sino que también sintió el frio del cañón en su sien.

 

Lo meditó. Lo pensó. Lo razonó… y sonó el trueno que dio fin a su vida.

 

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